El árbol que nadie aprendió a nombrar
El árbol que nadie aprendió a nombrar
Hay personas que aprendieron el nombre de mil marcas, pero nunca aprendieron el nombre del árbol que les da sombra cada verano.
Vivimos consumidos y consumiendo, en un sinfín de oasis de placer insaciables que parecen realidades tangibles, pero no lo son. Una vorágine que nos arrastra como un surfista sobre la velocidad de una ola.
Recuerdo un tiempo en el que los vecinos sacaban la silla a la vereda durante las tardes de verano, buscando un poco de sombra, una brisa que apaciguara el calor, una charla compartida. La naturaleza estaba ahí, dando sombra, soplando, cantando con el último concierto de los pájaros antes de irse a dormir. Nos regalaba ese misterio cotidiano, incluso entre el asfalto que hervía bajo el sol.
En el interior del país no era muy distinto. Quizás era esperar el alivio de la siesta, el vientito fresco, las gallinas, los caballos a lo lejos, una vaca que muge y hasta los perros descansando de sus propios ladridos.
En otros lugares sería el río, un arroyo o un lago. Pero, de una forma u otra, siempre volvemos a la naturaleza.
Ella es alivio constante. Es soporte. Es abrazo. Es calma, la mayor parte de las veces.
Ella siempre está. Aunque hubo un momento en que dejamos de notarla. Quizás por las pantallas. Quizás por el réquiem de una vida cada vez más tumultuosa. Quizás porque crecimos de otra manera. Pero los árboles que no fueron cortados siguen siendo los mismos árboles. Más viejos, sí, pero los mismos.
Paraísos, jacarandás, palos borrachos, aromos, ñires, cipreses... aprendimos a verlos, pero casi nunca a mirarlos. Como todo aquello que damos por hecho: el aire, el agua...
Es un misterio que sepamos más de tendencias virtuales que de aquello que verdaderamente sostiene la vida.
En el borde de mi casa vive un viejo ciprés. Las bandadas de cabecitas negras australes llegan todos los inviernos para llevarse sus semillas. Nunca lo vi tener hijos en todos los años que llevo viviendo aquí.
A veces siento que nos cuida, como si nos abrazara extendiendo sus ramas. Lo veo recibir la nieve para que golpee más despacio el techo de nuestra casa. Lo veo sostener el viento del sur, tan brioso. Lo veo perfumar las primaveras y regalarnos sombra en verano. Lo veo alimentar con su propio suelo las flores que crecen bajo él. También lo escucho mecerse y sacudirse. Él acompaña el paso del tiempo en nuestra casa.
En verano colgamos una hamaca paraguaya de sus ramas para acostarnos a mirar el cielo entre las nubes. Yo creo que es feliz. ¿Cuántos árboles pueden decir lo mismo cuando viven en medio de una ciudad?
Construimos nuestra casa alrededor de él para no hacerle ni un rasguño. El hombre que nos vendió el terreno nos eligió como compradores porque dijo que éramos una familia. Otros querían demoler y edificar, cortando primero los árboles.
Señaló al viejo ciprés y dijo:
“Yo crecí trepado a ese árbol. Desde ahí miraba las montañas. Jugué en él toda mi infancia.”
Pude sentir que su relato también era el mío.
Dicen que quienes plantan árboles bajo cuya sombra nunca llegarán a sentarse son quienes entendieron la vida en toda su dimensión.
Qué importantes son los árboles, sobre todo en las ciudades.
Desde que era chica los abrazaba, sin que nadie me enseñara, aunque me miraran raro.
Fueron escondite. Fueron aventura. Me regalaron la adrenalina de sentirme un poquito más cerca del cielo.
En mi casa de la infancia había muchos árboles: moras que teñían todo de violeta oscuro; un ciruelo bajo el que jugaba a que nevaba cuando caían sus miles de minipétalos blancos; un duraznero que perfumaba y alimentaba; una granada que atraía colibríes como pequeñas joyas vivientes; paraísos con cuyos frutos ovalados preparaba infinitas comiditas imaginarias.
Pero el que más me impresionaba era un enorme nogal en el fondo de la casa.
Nunca volví a ver un árbol tan viejo ni tan grande.
Lo cubría todo. Incluso se quejaban los vecinos cuando sus ramas cruzaban los límites del cerco y pedían que lo podara porque molestaba.
“¿Cómo te va a molestar un árbol?”, pensaba yo. “Un árbol que da sombra, que da aire, que da frutos.”
La aspereza de su tronco, gris clarísimo con vetas casi negras y profundas, todavía vive en mis manos. Han pasado más de treinta años desde la última vez que lo toqué, y aun así puedo sentir su corteza entre mis dedos. Lo juro: lo siento ahora mismo.
Desde él podía ver el mundo. Y sí, yo creía que ese era todo el mundo.
Desde él podía imaginar castillos o mirar la luna llena en las noches despejadas. En él vivían las cigarras, que llenaban los veranos con su canto interminable.
No creo que supiera cómo se llamaba hasta que lo vi dejar caer sus nueces.
Las nueces, verán, no nacen como las vemos en el mercado. El árbol las entrega envueltas en una cáscara verde que las protege al caer. Con el tiempo, ese envoltorio se vuelve oscuro, color nogalina, y adentro aparece la cáscara dura que protege una semilla tan parecida a nuestro cerebro.
Todo ese descubrimiento fue un tesoro para mí.
También recuerdo sus hojas inmensas y cómo iban cambiando de color hasta volverse de ese marrón profundo que aún hoy asocio con el olor a tierra mojada. Sus nueces eran dulces, aceitosas y generosas. Brotaban sin parar.
La tierra nos regala tanto y nos pide tan poco.
Dentro de mí vive la nostalgia del nogal.
No sé si podría nombrar cien marcas. Pero sí puedo nombrar algunos de los árboles a los que les debo parte de mi vida. Los que sostuvieron mis sueños, mi imaginación, mi refugio. Los que fueron alimento y semilla. En ellos, aún hoy, adulta, vive la niña que juega a abrazarlos.
Ojalá pudiera nombrarlos a todos.
Porque estoy segura de que mil marcas jamás podrán ofrecernos lo que un solo árbol es capaz de dar.
La próxima vez que camines por tu barrio, quizás valga la pena preguntarle el nombre al árbol que te acompaña desde hace años. A veces las cosas más importantes llevan toda la vida esperándonos en el mismo lugar.
Nali Eggui